El Angliru, la montaña más dura del mundo

El Angliru, la montaña más dura del mundo

El Angliru, está ubicado en la región de Vega de la Riosa, principado de Asturias, norte de España, y se ha constituido en la montaña más determinante en La Vuelta España. El público la pide, porque quiere emoción; los ciclistas la rechazan, porque no quieren más sufrimiento. Este premio de montaña, fuera de categoría, se subió por primera vez en La Vuelta de 1999, y fue ganado por José María Jiménez (Q.E.P.D). En el año 2000 ganó allí el italiano Gilberto Simone, posteriormente en 2002 fue Roberto Heras, en 2008 el triunfo le correspondió a Alberto Contador y en 2013 se impuso el francés del FDJ, Kenny Elissonde.

Era septiembre u octubre de 2006 cuando Rafael Mendoza, amigo de estas cosas del ciclismo, sugirió intentar subir al Angliru, un puerto desconocido por muchos. Al escuchar su propuesta, quise saber el porqué. No tardaría mucho tiempo en comprender que sólo había una razón: era la cuesta más dura del mundo, cuando de hablar de ciclismo se trata. Y dentro de su inusual dureza, se hace notoriamente importante, un sector que quizás no supere los seiscientos metros de longitud, pero cuya pendiente llega al 23,5%, algo realmente inhumano para superar.

En el argot ciclístico se dice que las carreras se ganan en la noche anterior, es decir, según como pases la noche ya puedes tener una idea de cómo vas a responder en lo que te exija el día. Y la noche fue buena. El cansancio acumulado durante las jornadas de ardua montaña y de desplazamientos en vehículo durante cientos y cientos de kilómetros nos generaba las condiciones requeridas para dormir aunque el mundo se derrumbase encima. Y así fue, afortunadamente!

Desde Oviedo, capital del principado de Asturias, nos desplazamos hasta Vega de La Riosa, punto de partida, para enfrentar los 12,5 kilómetros del temido Angliru.
José Enrique Cima, ex-ciclista profesional (KAS) y ahora periodista del diario La Nueva España y autor del libro “Angliru, la nueva cumbre del ciclismo“ quiso acompañarnos y nos sugirió que postergáramos la hora de salida para las once de la mañana con el fin de disminuir las posibilidades de encontrar un día húmedo, que se tradujese en un pavimento mojado que quizás podría echar por tierra nuestras ilusiones. Y así se hizo. A las 10:45 de la mañana acudimos a la cita con el señor Cima y su compañero de periódico a quien conocimos como “Moncho“. Los dos nos acompañarían en auto a lo largo de la subida con el fin de darnos el ánimo suficiente y la información necesaria para lograr la meta tan anhelada. La segunda recomendación sería la de comenzar con un paso suave, sin apresurarnos y conservando la calma. A las 11:10 comenzamos el ascenso de estos 12,5 km, de los cuales los primeros seis no ofrecen mayor dificultad pues sus rampas no sobrepasan el 12%. Eso lo sabíamos y nos preocupaba mucho. Si la pendiente media era del 10,3%, esto significaba que la mayor pendiente se acumularía en la otra mitad de la subida. Con base en lo anterior, nos dimos a la tarea de emplear un desarrollo suave desde el mismo punto de partida y respetar el pulsómetro con el fin de no sobrepasar las 150 pulsaciones por minuto. Aún así, al menor descuido éstas subían a 155 e incluso a 160, así que nuevamente regulábamos nuestro paso.

Un aficionado al ciclismo, perteneciente a la región asturiana, se animó a acompañarnos en su bicicleta de montaña y, como todo un guía de turismo, nos iba indicando paso a paso, casi metro a metro las características topográficas de la subida. Eso nos hizo recordar a los campesinos de las diferentes regiones colombianas quienes montados en vetustas bicicletas, llevando consigo una cantina de leche y un bulto de papa suben las escarpadas montañas silbando como si su carga fuese sólo algodón de dulce. Pues bien, es válida la comparación, ya que ese fue el comportamiento de aquel espontáneo acompañante a quien, en plena marcha, bauticé como “el paisita“ pues no paraba de hablar, aunque de nosotros jamás escucharía ni un sí ni un no; sabíamos que una sílaba de más podría quitarnos el oxígeno para culminar nuestro camino al cielo.

Después del kilómetro seis todo se complicó. La cuesta se volvió inmisericorde, vinieron los desarrollos de emergencia (34-28) y el pulso quiso subir a su libre albedrío. Es bueno aclarar que esta cuesta no puede subirse con los desarrollos tradicionales de 39-23 o similares. Ni el “chechu” Rubiera, ni Escartín, ni el “perico” Delgado, ni “el chava” Jiménez lo lograron.

Luego vino la primera prueba de fuego en el km 6,6, la curva Les Cabanes, con un 21,5% de inclinación, la cual nos trepó el pulso a 180 como señal de alarma. La superamos sin mayor dificultad a pesar del inocultable esfuerzo, y en este momento supimos que podríamos coronar el Angliru si manteníamos la misma disciplina de los kilómetros ya recorridos.

José Enrique y su fiel amigo Moncho detenían el auto curva tras curva y nos indicaban qué nos esperaría más adelante. El “paisita“ comenzó a guardar prudente silencio y no se le volvió a escuchar más. Luego, en el kilómetro diez, sonó la voz de advertencia: habíamos llegado a la rampa de La Cueña les Cabres, una recta interminable al 23,5%. En ese preciso instante enfrentábamos los seiscientos metros más complicados en nuestra vida. “El paisita“ comenzó a zigzaguear de lado a lado de la vía y luego de tantos “íres y venires” dejó escapar la frase: “estoy reventao“ y detuvo su marcha para luego dar media vuelta y regresar sin decir adiós.

En el otro extremo de la rampa estaban ellos, nuestros compañeros de odisea animándonos a coronar, con la prudente advertencia de que una vez superada la rampa del 23,5% había que recuperar las fuerzas para enfrentar, metros adelante, otra del 21.0% conocida como El Aviru. Luego de sentir palpitar nuestro corazón 186 veces por minuto, pudimos pedalear en una pendiente más llevadera hasta llegar a la cima del Angliru asturiano, en medio de un paisaje de fantasía y con los cálidos rayos de un sol resplandeciente. Quizás resulte imposible expresar con palabras todas las sensaciones experimentadas en este momento, así que lo único que podría decirse es que de una u otra forma fue como llegar al cielo, no solamente por la inmensidad de la montaña y su altura, sino por la emoción que guardábamos en nuestros corazones.

Y si el ascenso inspiró todo nuestro respeto, del descenso ni hablar. Nos vimos obligados a detenernos en el transcurso de la bajada porque era tanto el dolor en las manos al frenar, que a veces sentíamos que no podíamos hacerlo con la efectividad que se requería. Y, en ocasiones, sentíamos como si fuésemos a rodar “de narices“ saliendo despedidos por encima del manubrio.

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El Angliru no es una montaña normal; es una auténtica pared a la que se le cambiaron estratégicamente el cemento y la pintura, por árboles y pastizales. Es una trampa de la naturaleza para atrapar a ingenuos individuos que se hacen llamar ciclistas.

Escrito por José Payome Villoria

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